Día de los Muertos
Noviembre inicia con una costumbre humana de mirar hacia atrás, entre flores, recuerdos y tradiciones, para honrar a quienes ya no están. En nuestro gremio, esta fecha adquiere un matiz especial, porque el oficio que ejercemos hoy es un legado sostenido por las personas, tantas veces «invisibles», que nos precedieron.
Hacer memoria en nuestras profesiones no significa acudir a una lista distante de próceres ni caer en la solemnidad vacía de manuales de historia; detrás de cada herramienta y de cada avance hay rostros concretos de personas. Recordemos a quienes pasaban las horas redactando glosarios interminables a mano, en papel; a quienes mediaron, en terreno o en cabinas rudimentarias para que el mundo se entendiera un poco mejor; a quienes defendieron una buena corrección cuando nadie valoraba las tildes ni las comas; o a quienes defendieron el rigor y sentaron las bases éticas de nuestros oficios. Personas que abrieron caminos con recursos mínimos, paciencia infinita y un profundo respeto por lo que hacían.
Esa labor fundacional rara vez tuvo el reconocimiento que merecía en su época. Durante siglos, el trabajo con la lengua ha estado marcado por el anonimato y por la exigencia silenciosa de desaparecer tras la palabra. Recordar a quienes abrieron este camino implica rescatar esa dignidad cotidiana. Cada vez que resolvemos una redacción compleja o una ambigüedad cultural, cada vez que interpretamos con precisión en una sala donde el rigor y el humor bailan juntos o cada vez que defendemos la claridad de un enunciado, honramos a esa estirpe de profesionales.
Es imposible no sentir esa cercanía al evocar a figuras que dedicaron su vida entera al idioma, como la incansable María Moliner, o a referentes de la traducción como Valentín García Yebra y Carmen Bravo-Villasante, o a quienes demostraron que verter un texto de una lengua a otra es un acto de creación y sensibilidad, como Edith Grossman. A su lado, la obra insustituible de José Martínez de Sousa nos enseñó el arte riguroso de la edición y la ortotipografía, convirtiéndose en una fuente indiscutible a la que acudimos siempre que surgen dudas con la norma. Les acompañaron incontables profesionales de la terminología, la lexicografía y la mediación lingüística que pulieron nuestros oficios desde los márgenes.
Lo bonito de estas profesiones es que se heredan de una forma muy íntima. Cada vez que investigamos con esmero para no traicionar el sentido original, que nos peleamos con una duda terminológica u ortotipográfica o que nos plantamos ante una tarifa precaria, estamos continuando una lucha que empezó hace mucho tiempo. Quienes nos precedieron nos legaron un terreno más fértil, aunque todavía quede camino por andar.
Por eso, hoy montamos este altar pequeñito y digital para celebrar a quienes nos heredaron una forma de mirar el mundo con curiosidad crítica y profundo respeto por la diversidad, además de a los miembros de nuestra asociación que ya partieron. Honrar su memoria es cuidar con mimo estos oficios hermosos que nos sostienen y nos unen.
