Corregir es un acto de respeto hacia quien lee

Doug Belshaw's photo, licensed as CC BY 2.0.

Si haces bien tu trabajo, nadie lo nota; si te equivocas…

por Isabel Sacco

Imaginen que están leyendo la traducción de una novela, un informe financiero o el manual de un electrodoméstico y encuentran un error, como confundir un «haya» con un «halla», o una frase tan literal que carece de sentido. En ese instante cuestionan la calidad de todo el documento y de quien lo tradujo. En traducción existe una paradoja: somos invisibles cuando es buena, pero nuestros errores gritan.

Traducir es solo una parte de la ecuación. La corrección es el control de calidad; el filtro que asegura que se respeta a quien lee. Lejos de ser un capricho de personas obsesionadas con la ortotipografía, es la garantía de que el mensaje original llegue bien, limpio y esplendoroso.

Quienes nos dedicamos a la traducción, además de trasladar palabras de un idioma a otro, también trasladamos contextos, culturas, matices e intenciones. La corrección exige una mirada experta y minuciosa que verifique el cumplimiento riguroso de:

  • Sintaxis y fluidez: garantizar que las oraciones no huelan a «traducción» y que fluyan con la naturalidad propia de la lengua de llegada. Si hay que leer una frase tres veces para entenderla, la traducción no sirve.
  • Terminología: asegurarse de que los términos técnicos, locales o de nicho se adapten al contexto de destino. Nadie quiere armar un mueble siguiendo instrucciones traducidas por un algoritmo sin sentido común.
  • Ortotipografía: validar el uso de negritas, cursivas o signos de puntuación (comillas, rayas o guiones) según las normas del idioma de destino, en lugar de imitar el original.

En la era de la inmediatez y la traducción automática, la calidad es el mayor valor diferenciador. Dedicar tiempo a revisar y refinar un texto demuestra que valoramos el tiempo y el intelecto de nuestra audiencia.

¿Sustituye la revisión automática a la humana? No. La inteligencia artificial y los correctores automáticos son herramientas que ayudan a detectar patrones, erratas obvias o descuidos tipográficos. Sin embargo, carecen de la sensibilidad cultural para comprender el doble sentido, la ironía o el juego de palabras. Un algoritmo no comprende la intención detrás de una metáfora ni sabe si un giro lingüístico, aunque sea gramaticalmente correcto, resulta natural para el público de destino.

Cuando terminen un proyecto, eviten entregarlo de inmediato. Permitan que el texto descanse, regresen a él con ojos frescos y pulan cada detalle. De ser posible, incluyan en su proceso a colegas que hagan una lectura crítica. La excelencia de nuestro oficio no solo se mide por el dominio de una lengua extranjera, sino por el rigor, el cuidado y el respeto con que entregamos ese texto a quien nos lee.